de la casa de su marido.
Eran las de su propia casa.
Colgó el vestido azul en el centro del armario y abrió las cortinas. Madrid seguía encendida.
La misma ciudad.
El mismo ático.
La misma mujer.
Pero nada era igual.
A las 5:52 oyó el ascensor.
Adrián entró despacio. Vio la carpeta, las llaves y a Elena junto a la ventana.
—Pensé que te habrías ido.
Ella lo miró sin rabia.
—Yo también lo pensé durante muchos años.
Elena señaló el pasillo.
—La habitación de invitados está preparada.