Llegué con mi propio coche.
La Twinkle Twinkle seguía en el asiento.
Antes de bajar la miré.
Me reí.
Daniel me vio casi inmediatamente.
Se acercó.
—Viniste.
—Parece.
—Te ves bien.
—Tú también.
Hubo un silencio.
—¿Cómo está tu madre?
—Caminando mejor.
—Me alegro.
—Gracias.
Una mujer se acercó para saludarlo.
Era una inversora.
Daniel se disculpó y se fue.
Yo sentí algo inesperado.
Nada.
Ni celos.
Ni nostalgia.
Solo la sensación de estar viendo a alguien que conocí muy bien.
Eso era todo.
Más tarde, durante el discurso del