«Aquella noche, tu padre te mintió.
No te echó de casa porque hubiera dejado de quererte.
Te echó porque habías descubierto algo que nunca deberías haber visto».
Leí aquellas palabras varias veces.
Las manos comenzaron a temblarme.
Veinte años.
Durante veinte años me había preguntado qué cosa tan terrible había hecho para que mi propio padre me abandonara al borde de una carretera como si fuera un equipaje que ya no necesitaba.
Seguí leyendo.
«¿Recuerdas aquella noche en la que encontraste la camisa ensangrentada de tu padre en el garaje?