familiar. Vinieron ocho personas. Todos habían sido invitados. Sergio compró la carne, yo preparé ensalada y Ofelia llevó arroz. Cerca de las nueve, cada quien recogió sus cosas y se marchó.
Cuando cerré la puerta, la casa quedó silenciosa.
Sergio miró la sala vacía y sonrió. —¿Te imaginas catorce personas aquí hasta septiembre?
Lo miré.
—Ni de broma.
Nos reímos.
Aquella mañana yo había bajado al coche creyendo que necesitaba encontrar catorce hoteles. En realidad necesitaba algo mucho más sencillo: dejar de comportarme como invitada dentro de una casa que
VOLVÍ DEL MERCADO Y ENCONTRÉ MI CASA CONVERTIDA EN HOTELKARA