a mí.
Aquella frase terminó de convencerla.
—Está bien.
Durante el trayecto, Mariana permaneció en silencio.
Ricardo la observaba de vez en cuando por el espejo retrovisor.
No parecía una persona acostumbrada a pedir ayuda.
Parecía alguien que había aprendido a sobrevivir sin ella.
Cuando llegaron a la casa de Elena, la madre de Ricardo abrió la puerta con una expresión de impaciencia.
—¡Por fin! Pensé que iban a llegar cuando ya hubiera terminado la cena.
Entonces vio a Mariana.
Su sonrisa desapareció.
—¿Quién es ella?
—Se llama Mariana —respondió