quedármelas.
—Sí puedes.
—Pero son tuyas.
Sofía negó con la cabeza.
—Ahora son tuyas.
Mariana se quedó mirando a la niña.
Y volvió a llorar.
Esta vez, nadie intentó detenerla.
Más tarde, mientras Sofía dormía, Ricardo encontró a Mariana sentada junto a la ventana.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No parece.
Mariana permaneció unos segundos en silencio.
—Mi madre siempre decía que no debía confiar en desconocidos.
Ricardo sonrió ligeramente.
—Mi hija acaba de demostrar que ella tampoco escucha consejos.
Mariana soltó una pequeña risa.
Después su expresión cambió.
—Mi madre murió