una reacción de disculpa.
Era la expresión inquietante de alguien que había encontrado algo que no esperaba.
—Tú… —empezó.
Antes de que pudiera terminar, el ascensor emitió un crujido metálico.
Los dos miramos hacia arriba.
El suelo vibró ligeramente bajo nuestros pies.
Después, la cabina comenzó a descender.
Me agarré otra vez a la barandilla.
No confiaba en el mecanismo.
Cada ruido me hacía pensar que volveríamos a quedarnos detenidos.
Pero los números comenzaron a cambiar.
La cabina continuó descendiendo.
Poco después, las puertas se abrieron.
Sentí un alivio tan