protegidas.
En la empresa que seguía creciendo.
En la cicatriz que ya no le daba vergüenza.
Y en la vida que Valeria había construido después de dejar el anillo sobre aquella mesa.
Porque Alejandro creyó que al arrojarle café hirviendo le estaba enseñando a obedecer.
Nunca imaginó que, en realidad, le estaba dando el valor necesario para destruir cada mentira sobre la que había construido su poder.