puertas de cristal y giré la llave en la cerradura. Por primera vez en mi vida, el chasquido seco de la cerradura no me provocó ansiedad, sino una paz absoluta y pura.
A la mañana siguiente, volvería a encender los fogones para cocinar para personas que entendían que, detrás de cada plato, había un esfuerzo real, conocimiento y respeto. Mi restaurante seguía en pie, mi equipo permanecía a mi lado y, por fin, era libre.
FIN.