vez que dejé de respirar.
Leí la última línea otra vez. “Está ocupado, no le moleste más.”
Cayetana. En el teléfono de mi marido, a las 17:50, con mi hija esperando en la puerta del cole.
La enfermera se había agachado a mi lado. Se llamaba Yolanda, lo ponía en la tarjeta que llevaba prendida del uniforme. Tendría veintitantos.
“Señora, ¿quiere que avise a alguien?”
“A nadie. Ya viene mi marido.”
“Perdone que se lo diga, pero a mí no me parece que usted esté para…”
“Yolanda, ¿verdad? ¿Usted