La noche anterior, Martina me pidió que le atara la cremallera de la mochila con una goma del pelo.
“Así no se abre, mamá. Que se me cae el táper.”
“Si no se abre nunca.”
“Pues por si acaso.”
Le até la goma rosa, con doble nudo. Ahora esa goma estaba en mi muñeca, y la mochila, abierta sobre mis rodillas, en el suelo del pasillo de urgencias.
Eran las 19:32. Lo sé porque el reloj de la pared tenía un segundero que hacía ruido, y lo oí cada