del corazón.”
“No quiero que te preocupes más.”
Eso fue precisamente lo que terminó de inquietarme.
Bajé al área administrativa y pedí hablar con el médico responsable.
Unos minutos después apareció un hombre de unos 50 años con bata blanca.
“¿Señora Verónica Ramírez?”
“Sí. Soy la mamá de Daniela.”
Su expresión se suavizó.
“Qué bueno que vino. Su hija está evolucionando bien.”
Sentí que podía respirar otra vez.
Entonces sonrió y dijo:
“Y debo decirle algo. Fue muy valiente por parte de la familia apoyar una decisión así.”
Fruncí el