su calidez inicial reemplazada ahora por una distancia cautelosa y educada. —Sucede —dijo con suavidad. La velada terminó, no con un final elegante, sino con una parada repentina e incómoda.
Salimos rápidamente, dejando algo de dinero en la mesa para pagar el café y esperando recuperar algo de dignidad en la calle. El aire fresco de la noche me golpeó la cara, una sorpresa bienvenida que no hizo mucho por disipar la vergüenza que me embargaba. Caminé con la cabeza baja, intentando formular una disculpa adecuada, una forma de replantear