No reconocía a mi propia hija.
La niña que días antes se había negado a trabajar con compañeros porque los consideraba menos inteligentes ahora escuchaba cada palabra de Mariana.
No estaba fingiendo.
Realmente quería saber lo que ella pensaba.
Cuando llegamos, encontramos a la madre de Mariana frente a una computadora.
Se llamaba Elena.
Debía tener unos 35 años, aunque el cansancio hacía difícil calcularlo.
Cuando vio acercarse a Mariana acompañada por mí y Sofía, se levantó de golpe.
—Mariana, ¿qué pasó?
—Nada, mamá.
Elena me miró con alarma.
—Si