sin interrumpir.
—Su hija no tiene esas ventajas. Sin embargo, cuando Sofía necesitó ayuda, Mariana no se burló de ella. No la hizo sentir inferior. Simplemente se sentó junto a una reja y le enseñó con paciencia.
Miré a Mariana.
—Una niña que recoge un cuaderno que todavía tiene páginas útiles, practica matemáticas por su cuenta y escucha clases desde afuera porque quiere seguir aprendiendo merece una oportunidad.
Elena comenzó a llorar otra vez.
—No sé qué decir.
—No necesita decir nada hoy. Piénselo.
Mariana se acercó.
—Mamá, quiero regresar