una niña que estaba afuera de la escuela se lo acababa de explicar en menos de cinco minutos.
Pero eso no fue lo que más me impresionó.
Lo que me dejó inmóvil fue la actitud de Sofía.
Escuchaba.
Preguntaba.
No interrumpía.
No presumía.
No miraba a aquella niña por encima del hombro.
Por primera vez en mucho tiempo estaba viendo a mi hija tratar a alguien con verdadera admiración.
—¿Quieres que te enseñe otro? —preguntó la niña.
—Sí.
Volvieron a inclinarse sobre el cuaderno.
Después de resolver dos ejercicios, Sofía