algo.
Pero no.
Estaba enseñándole matemáticas a mi hija.
Me detuve.
Sofía tenía su propio cuaderno apoyado contra la reja y miraba atentamente.
—Mira —decía la niña—. Si pasas esto al otro lado, cambia. Después dejas sola la incógnita.
Sofía frunció el ceño.
—¿Así?
—Sí.
Escribió algo.
La niña sonrió.
—Exacto.
Sofía levantó la cabeza sorprendida.
—Eso es mucho más fácil.
Me quedé observándolas desde cierta distancia.
Aquella semana Sofía llevaba varios días quejándose porque no comprendía un tema de matemáticas.
Habíamos contratado clases particulares.
Nada parecía funcionar.
Y ahora