qué no me dijiste nada?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque estaba intentando llegar al nacimiento de nuestro hijo sin perder mi casa, mi familia… ni perderte a ti.
Sentí vergüenza.
No porque ella hubiera callado.
Porque había tenido razones para creer que quizá yo tampoco la defendería.
Le prometí cambiar las cerraduras antes de que regresáramos y dejar claro en el hospital que nadie podía entrar a verla sin su autorización.
Pero todavía había algo que no entendía.
—¿Por qué hoy no saliste de la casa? Había seis
Volví a casa por una carpeta que había olvidado y encontré a mi esposa embarazada de ocho meses de rodillas bajo la mesa, mientras mi madre le metía espinas de pescado en la boca frente a seis familiares que no hicieron nada