Volví a casa por una carpeta que había olvidado y encontré a mi esposa embarazada de ocho meses de rodillas bajo la mesa, mientras mi madre le metía espinas de pescado en la boca frente a seis familiares que no hicieron nada

frente a su silla. Su vaso estaba tirado. Y una silla había sido colocada detrás de ella, bloqueándole el paso.
No demostraban quién había movido cada cosa.
Pero sí destruían la historia de una “cena familiar normal”.
—Mariana —le dije—. No voy a llamar a nadie de mi familia. Dime qué necesitas.
Ella permaneció callada.
La doctora hizo otra pregunta:
—¿Ha ocurrido alguna agresión anteriormente?
Mariana bajó la mirada hacia su vientre.
Entonces me contó algo que me dejó helado.
Seis semanas antes, mientras yo trabajaba hasta tarde, mi madre