Volví a casa por una carpeta que había olvidado y encontré a mi esposa embarazada de ocho meses de rodillas bajo la mesa, mientras mi madre le metía espinas de pescado en la boca frente a seis familiares que no hicieron nada

nuestro hijo sin perder mi casa, mi familia… ni perderte a ti.
Sentí vergüenza.
No porque ella hubiera callado.
Porque había tenido razones para creer que quizá yo tampoco la defendería.
Le prometí cambiar las cerraduras antes de que regresáramos y dejar claro en el hospital que nadie podía entrar a verla sin su autorización.
Pero todavía había algo que no entendía.
—¿Por qué hoy no saliste de la casa? Había seis personas ahí. ¿Nadie intentó ayudarte?
Mariana cerró los ojos.
—No estaban solamente mirando.
La doctora dejó de escribir.
—¿