en mi vida.
Esa noche, al volver a casa, pasé por la misma urbanización.
Las fachadas seguían claras.
Los setos seguían cortados.
Los coches seguían brillando detrás de las verjas.
Pero algo era distinto.
En una ventana, una señora levantó la mano para saludar al camión.
En otra casa, un niño había pegado un dibujo de un caballo en el cristal.
Junto a la valla donde Nico había estado sentado, alguien había colocado una pequeña maceta con flores amarillas.
No ponía nombre.
No hacía falta.
Me detuve un segundo.
Miré