El niño que vendía besos de caballo para no dejar sola a su madre

a nadie —dijo—. Pero conduzco bien.

Y eso, en aquel momento, era suficiente.

Durante los meses siguientes, aquella pequeña lista se convirtió en algo normal.

Isabel empezó a esperarnos en la puerta.

Primero con el abrigo puesto y la mirada baja.

Luego con una bolsa de manzanas para Capitán.

Después con termos de café para nosotros.

Un día, incluso sonrió antes de subir al coche.

No fue una sonrisa grande.

Fue pequeña, cansada, como una vela recién encendida.

Pero todos la vimos.

Y ninguno dijo nada para no asustarla.

La