El niño que vendía besos de caballo para no dejar sola a su madre

finca empezó a cambiar también.

No porque alguien tuviera mucho dinero, sino porque cada uno traía algo.

Un vecino dejó unas tablas.

Un compañero llevó herramientas.

Una señora del barrio, la misma que meses antes había cruzado de acera para no mirar a Nico, apareció una tarde con una manta gruesa para Capitán.

Isabel la miró sorprendida.

La mujer no sabía dónde poner las manos.

—No hice nada aquel día —dijo—. Y llevo meses pensando en eso.

Isabel no respondió enseguida.

Yo estaba allí, reparando una puerta del cobertizo, fingiendo