dejó múltiples fracturas y lesiones importantes. Pasé meses recuperándome, aprendiendo a moverme con soltura de nuevo y adaptándome a un futuro que, de repente, me resultaba desconocido.
La consecuencia más difícil fue perder la vista.
Los médicos me explicaron que existía la posibilidad de que mi visión mejorara, pero no podían prometer nada. Tuve que prepararme para la posibilidad de que la pérdida fuera permanente.
Al principio, incluso las tareas más sencillas me resultaban abrumadoras.
No podía reconocer rostros, leer mis libros favoritos ni ver mi propio reflejo. Tuve que