que lo tenía.
—Entonces, ¿cómo saben que vine?
Don Ernesto se acercó a la ventana y apartó ligeramente la cortina.
—Porque hay personas que llevan tres años esperando que cometas un error.
Sentí que la sangre se me helaba.
Tres años.
Tres años encerrado en una celda por un delito que no había cometido. Tres años escuchando cómo se cerraban las puertas metálicas. Tres años preguntándome por qué mi padre nunca había ido a visitarme.
Y ahora descubría que quizá ni siquiera estaba muerto.
—Necesito abrir esa bodega —dije.
Don