—¿Cuánto tiempo?
—No puedo prometerte una fecha.
Bajé la cabeza.
Tres años de prisión me habían enseñado a desconfiar de las promesas.
—¿Y si no me creen?
Ramírez colocó la carpeta sobre la mesa.
—Entonces seguiremos presentando las pruebas y utilizando los recursos legales disponibles. Esta vez no estás solo.
Por primera vez, pude creerle.
Capítulo 11. La última mentira de Verónica
Verónica no se rindió.
Cuando supo que mi condena estaba siendo revisada, intentó convencer a varios antiguos empleados de que firmaran declaraciones contra mí.
Algunos se negaron.
Otros