esconderme la verdad porque creas que no puedo soportarla.
Él asintió.
—Te lo prometo.
—Y si alguna vez tienes miedo, dímelo. No desaparezcas.
Mi padre comenzó a llorar en silencio.
Entonces me senté a su lado.
No lo abracé de inmediato.
Primero dejamos que el silencio hiciera su trabajo.
Después apoyé una mano sobre su hombro.
Fue un gesto pequeño.
Pero, para nosotros, significó más que cualquier discurso.
No lo había perdonado por completo.
Sin embargo, estaba dispuesto a intentarlo.
Y aquella tarde comprendí que una familia no se reconstruye