—Mamá.
—Hola.
Silencio.
—¿Puedo ir?
—Claro.
Llegó de noche.
Tenía barba de varios días.
Se sentó en la misma cocina donde meses antes había discutido conmigo por el apartamento.
—Lo siento.
No pregunté por qué.
Esperé.
—Ahora entiendo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No todo.
Probablemente nunca.
Pero entiendo algo.
Se pasó las manos por la cara.
—Cuando Vanessa dijo que tarde o temprano tendrías que darme el apartamento, me enfadé.
—Bien.
—Y después me di cuenta de que yo llevaba meses diciendo casi exactamente lo mismo.
No respondí.