joven levantó una taza de té.
Me miró creyendo que yo era una mujer ignorante, mantenida por su marido, demasiado simple para comprender una frase extranjera.
Y me llamó vieja bruja.
Yo podría haberla humillado inmediatamente.
Podría haber respondido en alemán delante de todos.
No lo hice.
Guardé la escritura.
Saqué cien dólares.
Y esperé.
A veces la mejor respuesta no es demostrar en ese instante cuánto sabes, cuánto tienes o cuánto poder posees.
A veces basta con permitir que una persona termine de mostrarte quién cree que eres.
Porque