más pequeño.
Dijo que debió avisarle antes de comprar los boletos.
Valeria lo corrigió.
No era cuestión de avisar.
Tenía que preguntar.
Diego aceptó la palabra con evidente incomodidad.
Después dijo que había creído que, al estar casados, ambos podían usar el dinero disponible para necesidades familiares.
Valeria volvió a corregirlo.
Un catamarán, entradas a un parque y una camioneta privada no eran necesidades familiares.
Diego se pasó una mano por la cara.
—Está bien. Me equivoqué.
Valeria no respondió inmediatamente.
—¿En qué?
Él la miró.
—En los boletos.
—¿Nada