todo en una caja de cartón.
Entonces escuché un alboroto cerca de la recepción.
—¡Señora, no puede entrar sin una cita!
Una voz femenina respondió con firmeza:
—No necesito una cita. Necesito encontrar a Christopher Miller.
Levanté la cabeza.
Una mujer elegante, de unos sesenta años, avanzaba por el pasillo acompañada por dos hombres vestidos de traje.
Tenía el rostro pálido y caminaba lentamente.
La reconocí inmediatamente.
Era la mujer de la carretera.
—¡Usted! —exclamé.
Se volvió hacia mí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Christopher…
Se acercó y tomó