de mis hijos para que tú puedas convertirlos en una extensión de tu ego.”
La frase dejó a Dolores inmóvil. El abogado entendió antes que ella y cerró el
portafolio.
“Señora Mendoza, quizá sea mejor retirarnos.”
Dolores salió sin despedirse, pero su mirada prometía otra guerra.
Sebastián se quedó frente a Mariana, más pequeño que nunca dentro de su traje caro.
“No voy a permitir que te vuelva a atacar”, dijo.
Mariana lo observó largo rato.
“El problema es que antes sí lo permitiste.”
“Lo sé.”
“Y eso no se