los inviernos compartidos, sus besos, los cerdos que habíamos criado juntos y las noches en que esperaba despierta su regreso.
No podía fingir que nada de eso había existido.
Pero tampoco podía olvidar la expresión con la que me llamó un simple entretenimiento.
—Yancheng, yo te amé cuando no tenías nada.
Sus ojos se humedecieron.
—Lo sé.
—Te di mi casa, mi comida y tres años de mi vida. Nunca te pregunté cuánto dinero tenías ni de dónde venías.
—Lo sé.
—Y cuando regresó tu fortuna, me trataste como algo