aquella mañana.
Pero ya no la dominaba.
—Eso fue lo que más me hirió —respondió—. No que amaras a otra persona. Nadie puede obligarte a sentir algo. Lo peor fue descubrir que durante tres años habías compartido tu vida conmigo sin preguntarte si yo era feliz.
Gabriel tenía los ojos enrojecidos.
—Me enamoré de una imagen de Elena que ya no existía. Y no supe apreciar a la persona real que tenía delante.
—No, Gabriel. El problema no es que no supieras apreciarme. Es que yo tampoco supe valorarme cuando