de escuchar a la torre autorizar el despegue.
La responsabilidad de llevar a cientos de personas sanas y salvas hasta sus destinos.
Recordó también a su padre, un antiguo mecánico aeronáutico, diciéndole cuando era niña:
—Clara, si algún día llegas a ser piloto, prométeme que nunca permitirás que nadie te convenza de que naciste para quedarte en tierra.
Ella había hecho aquella promesa.
Y la había olvidado.
El sonido de la puerta principal la sacó de sus pensamientos.
—¿Clara?
Gabriel entró en el dormitorio aflojándose la corbata.
—¿Por qué no