apenas podía moverme.
Una mujer mayor sentada enfrente me observó durante casi diez minutos antes de hablar.
—¿Viaja sola con los dos?
—Sí.
—¿Y embarazada así?
—Sí.
—¿El padre?
Mi garganta se cerró.
—Trabaja.
Ella chasqueó la lengua.
—Los hombres siempre trabajan justo cuando una mujer más los necesita.
Casi me reí.
Si le contaba que el padre de mis hijos era un empresario que acababa de recordar que yo nunca había sido su esposa y que, técnicamente, nuestra familia entera había comenzado con una mentira…
probablemente cambiaría de vagón.