Me ofreció fruta.
Le agradecí.
Ayudó a Leo a abrir un yogur.
Durante veinte minutos aquello fue lo más parecido a paz que había sentido desde la noche anterior.
Después Leo preguntó:
—Mamá, ¿papá está enojado?
Lo miré.
Los niños perciben más de lo que uno cree.
—No sé.
—Ayer hablaba raro.
Sentí frío.
—¿Raro cómo?
—Como en el teléfono cuando trabaja.
Me quedé inmóvil.
Así que Leo también lo había notado.
—¿Papá se acordó?
La fruta casi se me cayó.
—¿De qué?
Leo se encogió de hombros.
—No sé.