retiro.”
Lo pensé.
“Déjala.”
Él:
“Bien.”
Pequeñas cosas.
Preguntar.
No ordenar.
La prensa descubrió que yo había sido empleada.
Los titulares fueron crueles.
“La asistente que se convirtió en esposa durante la amnesia del magnate.”
“¿Romance o engaño?”
No podía quejarme demasiado.
La pregunta era válida.
Algunos me llamaban oportunista.
Otros, estafadora.
Una mujer escribió:
“Si un hombre hiciera esto a una mujer con amnesia, nadie lo llamaría romance.”
Leí esa frase muchas veces.
Tenía razón.
Dejé redes.
No porque todo fuera mentira.
Porque no necesitaba defenderme ante desconocidos.
Mi