responsabilidad era con Adrian.
Con mis hijos.
Conmigo.
Grace una noche preguntó:
—¿Quieres volver con él?
—No sé.
—¿Lo amas?
—Sí.
—Eso no responde.
—Precisamente.
Adrian empezó terapia.
Yo también.
Separados.
No terapia de pareja.
Mi terapeuta se llamaba Dr. Lewis.
La primera sesión preguntó:
—¿Por qué cree que sostuvo la mentira?
—Miedo.
—¿A qué?
—Perderlo.
—Nunca lo tuvo de forma informada.
Dolió.
—Lo sé.
—Entonces quizá temía perder la fantasía.
Silencio.
Eso era peor.
Y posiblemente cierto.
Trabajamos durante meses.
Yo había crecido en una casa donde el amor