lo que había hecho.
No podía huir de eso.
Nadie puede.
Por eso, si pudiera volver a aquella mañana en el hospital, cuando Adrian abrió los ojos y preguntó:
—¿Quién eres?
No diría:
“Tu esposa.”
Respiraría.
Aunque Conrad estuviera esperando.
Aunque tuviera miedo.
Aunque estuviera enamorada.
Y respondería:
—Me llamo Nora Blake.
Trabajo para ti.
Estoy aquí.
No te voy a dejar solo mientras te recuperas.
Después él habría decidido.
Quizá me habría echado.
Quizá me habría olvidado.
Quizá nos habríamos enamorado.
Quizá no.
Esa incertidumbre era precisamente lo que