Mi hija le pidió prestado su perro al jefe de la mafia porque un hombre tocaba su ventana por las noches

dudó.

Corrió directo hacia una pared de nogal tallado al fondo del corredor.

Y allí se detuvo.

Gruñó.

Un sonido bajo, feroz, primitivo.

No miraba una puerta.

Miraba una pared.

—¡Apártate!

La voz de Dante Moretti retumbó detrás de nosotros.

Me giré.

Estaba descalzo, con pantalón negro, camisa medio abotonada y una pistola en la mano.

Nunca lo había visto así.

No como jefe.

No como dueño de esa mansión.

Sino como un hombre despertado por algo que también lo asustaba.

Porque sí.

Por primera vez desde que trabajaba para