Mi hija le pidió prestado su perro al jefe de la mafia porque un hombre tocaba su ventana por las noches

él, vi miedo en sus ojos.

—Toma a tu hija —ordenó.

Corrí hacia Sophie y la levanté en brazos.

Bruno arañó la madera.

Una vez.

Dos.

Tres.

Un adorno de latón se movió.

Dante lo vio.

Se acercó con el arma levantada y presionó la pieza.

CLIC.

La pared se abrió.

Detrás había un túnel estrecho de ladrillo viejo.

El aire helado salió como un aliento de tumba.

Agarré el brazo de Dante.

—Por favor, no entre.

Él me miró.

—¿Cree que le tengo miedo a quien se esconda ahí?