de hombres vivían bajo ese techo.
Pero Sophie estaba temblando.
La prioridad no era mi miedo.
Era ella.
Nico nos condujo hacia el salón este, una habitación enorme con chimenea apagada, cortinas pesadas y retratos antiguos de hombres Moretti que parecían juzgar incluso desde la muerte. Dos guardias se quedaron en la puerta. Otro cerró las ventanas.
Sophie se sentó en el sofá, abrazada a su almohada.
Yo me arrodillé frente a ella.
—Cariño, necesito que me cuentes todo. Desde el principio.
Sus labios temblaron.
—¿Me vas a regañar?
—No.