me revolvió el estómago.
—¿Le viste la cara?
—No toda. Tenía gorra. Y algo aquí.
Se tocó la mejilla.
—¿Cicatriz?
—No. Como una sombra. Como barba.
Nico, que escuchaba desde la puerta, se acercó un poco.
—¿Te habló?
Sophie lo miró, desconfiada.
Yo asentí.
—Puedes responder.
—Dijo mi nombre.
Mis manos se enfriaron.
—¿Qué dijo exactamente?
Sophie bajó la voz.
—Dijo: “Sophie, abre. Tu papá me mandó.”
Sentí que el mundo se volvía estrecho.
Miguel.
Mi Miguel.
Muerto frente a una panadería con harina todavía en la chaqueta porque había