comprado pan para la cena.
—Eso no es verdad —dije rápido—. Tu papá no mandó a nadie.
—Ya sé. Por eso no abrí.
La abracé.
Nico murmuró una maldición en italiano.
—¿Se lo dijiste a alguien?
Sophie asintió.
—A Bruno.
—¿A Bruno?
—Él estaba afuera una noche. Yo lloré poquito. Él vino a mi ventana y se sentó. El hombre no volvió esa noche.
Me quedé sin palabras.
Durante años pensé que Bruno era una bestia entrenada para romper huesos bajo órdenes de Dante.
Y, sin que nadie lo supiera,