Mi hija le pidió prestado su perro al jefe de la mafia porque un hombre tocaba su ventana por las noches

Firme.

—Respire.

—Ese hombre estuvo dentro.

—Sí.

—¿Cómo pasó la seguridad?

Dante miró el túnel.

—No pasó. Ya conocía la casa.

Esa frase abrió un frío nuevo dentro de mí.

—¿Quién?

No respondió de inmediato.

Se acercó a una pared donde Bruno había estado arañando. Había una marca reciente sobre los ladrillos, como si alguien hubiera apoyado allí una caja muchas veces.

Dante levantó una lona.

Debajo había un pequeño colchón, botellas de agua, envoltorios de comida y un cenicero improvisado.

Alguien no solo pasaba por allí.

Alguien vivía allí