a ratos.
Dentro de la mansión.
Cerca de mi hija.
Me tapé la boca para no vomitar.
—Hace cuánto —susurré.
—Días, tal vez semanas.
—La cabaña está dentro de su finca.
Mi voz tembló.
Dante entendió la acusación.
La aceptó.
—Sí.
—Su seguridad falló.
—Sí.
—Mi hija pudo…
—Lo sé.
Esa vez no sonó como jefe de mafia.
Sonó como hombre.
Y había algo más en su rostro.
Culpa.
No solo por la seguridad.
Algo más viejo.
Antes de que pudiera preguntarle, Marco apareció en la entrada del túnel.
—Tenemos