Mi hija le pidió prestado su perro al jefe de la mafia porque un hombre tocaba su ventana por las noches

al pecho.

Nadie “pedía prestado” nada a Dante Moretti.

Mucho menos su perro.

Dante no era solo mi jefe. Era el hombre al que todos bajaban la mirada cuando cruzaba un salón. El hombre que jamás levantaba la voz porque no lo necesitaba. El hombre que tenía cicatrices en los nudillos y enemigos enterrados en rumores.

Y mi hija de cinco años había ido a pedirle su perro.

Me senté junto a ella.

—Cariño, ¿por qué necesitabas a Bruno?

Sophie abrazó su almohada en forma de estrella.

—Porque el hombre