Mi hija le pidió prestado su perro al jefe de la mafia porque un hombre tocaba su ventana por las noches

—Sí.

—¿Y?

Dante giró hacia mí.

Por primera vez, vi cansancio real en sus ojos.

—Perdón, Elena.

No sonó elegante.

No sonó ensayado.

Sonó como una piedra cayendo al fondo de un pozo.

—Perdón por haberla traído a una casa que creí segura. Perdón por no haber visto a Rafael. Perdón por lo que mi familia permitió antes de que yo tuviera poder para detenerlo, y por lo que no detuve suficientemente rápido cuando sí lo tuve.

Me quedé callada.

El perdón no apareció.

Pero algo se movió.

Una puerta