Mi hija le pidió prestado su perro al jefe de la mafia porque un hombre tocaba su ventana por las noches

llevó despacio al porche, hablándole como si fuera un paciente anciano.

—No puedes pelear con hombres malos hasta que te curas, ¿sí?

Dante y yo los observamos.

—Gracias —dije.

—Fue él quien insistió.

—No hablaba solo de Bruno.

Dante no respondió.

Tenía una forma irritante de aceptar gratitud como si le quemara.

—Rafael confesó —dije.

—Sí.

—Miguel no murió por error.

—No.

—Y usted lo sabía antes que yo.

Su rostro se cerró.

—Sí.

—Todavía no sé si puedo perdonar eso.

—No se lo pediré.

Lo miré.

—¿Nunca pide perdón?